APROXIMACION SINTETICA A LA
      NUEVA OLEADA DE LUCHAS EN EL CENTRO CAPITALISTA

      REFLEXION SOBRE SUS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      3.-------------- LAS ANTERIORES OLEADAS DE LUCHA.

      Antes de seguir nos interesa precisar por qué no utilizamos el concepto de ciclo y sí los de fase, oleada o en menor medida período. Entendemos que hablar de ciclo tiene el riesgo de facilitar una interpretación cíclica de las luchas, es decir y para aclararnos, el recurso al término de ciclo de luchas puede dar a entender que existe una identidad en forma y fondo de las luchas, que no aparecen nuevas luchas y que no desaparecen viejas luchas. El término ciclo o cíclico puede utilizarse correctamente en la mecánica clásica, en el funcionamiento de un motor por ejemplo, y en las leyes científicas newtonianas, en las que no existe posibilidad de irrupción de lo nuevo y en las que no late la indeterminación e incertidumbre. Pero, y sin entrar al debate de su cientificidad, en las llamadas "ciencias sociales", sí aparece lo nuevo y desaparece lo viejo, siempre en una dialéctica entre lo regular y lo mutable, continuidad y cambio, esencia y forma, contenido y continente, identidad y variabilidad, etc, etc.

      Las luchas clasistas y populares, las acciones sociales humanas, sólo se comprenden utilizando esas categorías del pensamiento. Los términos de fase, período y sobre todo oleada, son más adecuados ya que admiten el cambio y lo nuevo, pero mantienen la continuidad y lo viejo. Especialmente válido es el de oleada porque, en un temporal, ninguna gran ola es igual a las demás pero todas ellas son oleadas dentro de una tempestad que no es sino una totalidad concreta en movimiento. Las diferencias cualitativas entre las olas no dependen de ellas mismas, sino del temporal. Por ejemplo, las luchas populares en el Antiguo Régimen y en la Edad Media no son como las luchas de clases en el capitalismo, aunque dentro de las luchas medievales y dentro del capitalismo también, las luchas concretas dependen de la fase histórica medieval o capitalista, de su período y época de desarrollo.

      No hace falta decir que hasta la mitad del siglo XX en algunas de esas luchas se mantuvieron de manera decreciente formas de resistencia y autoorganización popular pervivientes de oleadas anteriores, hábitos colectivos heredados de la mentalidad campesina, que subsistieron como memoria colectiva, cultura popular y tradiciones de ayuda mutua y autodefensa social en la medida en que no se rompieron los lazos familiares y hasta productivos con el inmediato pasado campesino, o grupos corporativos de la producción artesana o con los primeros talleres capitalistas que sólo comenzaron a ser arruinados en masa con el tránsito al imperialismo y a la segunda forma histórica capitalista de industrialización.

      Las fases de luchas no tienen por qué coincidir al milímetro con los cambios más extensos e intensos en las fases históricas del capital, y en sus reordenaciones geoestratégicas internas, como son, por ejemplo, los saltos al colonialismo, al imperialismo y a la globalización, o también, las sucesivas reordenaciones internas europeas. Sí existe una innegable relación de interinfluencia entre esos diversos niveles de evolución social, relación que al final nos remite siempre a la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, pero solamente los fanáticos antimarxistas o los ignorantes engreídos -frecuentemente ambas desgracias coinciden en las mismas personas- la niegan.

      Del mismo modo en que la evolución de la cultura humana, el arte y la filosofía, goza de autonomía relativa con respecto a la evolución estrictamente económica; del mismo modo en que la ciencia y la tecnología tienen su propia autonomía, menor que la de la cultura en general, etc, también la tienen las oleadas de lucha, como la tiene a su vez, por no alargarnos, la dinámica político-electoral en el plano institucional y parlamentarista. Sin embargo, a la larga, sincrónicamente visto el devenir social, esas velocidades específicas se integran en un ritmo medio, un promedio que explica la coherencia esencial de la totalidad concreta; pero diacrónicamente visto el asunto, cada nivel de la realidad tiene sus propia marcha. Hasta el presente, el materialismo histórico es el método cognoscitivo que menos limitaciones y dificultades ofrece para conocer esta compleja dialéctica general de dialécticas particulares.

      Aunque ahora no podemos extendernos en las fases, períodos u oleadas sucesivas de las formas de lucha de las masas asalariadas y explotadas a lo largo del capitalismo, sí podemos enumerar muy simplemente las anteriores a la que en este escrito analizamos.

      3-1.- PRIMERA OLEADA: 1770-1849.

      La primera fue la que surgió en Gran Bretaña en la década de los setenta del siglo XVIII, en respuesta a la irrupción de la máquina de vapor y a la revolución industrial; se expresó con heroísmo en los sans-culottes franceses; tuvo en el luddismo, o sea, en la destrucción mediante sabotajes populares de las máquinas, infraestructuras y hasta talleres, una de sus formas más agudas de resistencia, que fue duramente reprimida; debió adaptarse a la reorganización del poder burgués británico en la década de los treinta del siglo XIX, momento en el que se extendió al Estado francés, Alemania y otros países para llegar a su cenit con las revoluciones de 1848-49 y a su agotamiento con la represión subsiguiente.

      Uno de los problemas más agudos que las clases trabajadoras tuvieron que resolver en esta fase fue el de superar las formas organizativas y de lucha unidas al sindicato de oficios, y desarrollar los sindicatos adecuados a las luchas en los grandes talleres y fábricas que ya empezaban a surgir, los llamados "sindicatos de nuevo cuño". Otro fue el de la creación de organizaciones políticas clandestinas, frecuentemente armadas, capaces de vertebrar la lucha revolucionaria en medio de la ilegalización represiva. También tuvieron problemas muy serios por la desaparición de la geografía social, los barrios populares y obreros,

      heredados del Antiguo Régimen y desvertebrados por el imparable desarrollo de los grandes talleres y de las pequeñas fábricas. Estos y otros cambios, en especial la llegada masiva de campesinos desarraigados, de pobres y vagabundos, el trabajo infantil y de la mujer, las extenuantes jornadas laborales, la abundancia de contratas y subcontratas privadas, etc, etc, exigieron a la clase que vive del trabajo una creatividad teórica y práctica que se fue plasmando en el socialismo utópico en todas sus gamas, socialismo cristiano, sindicalismo revolucionario, anarquismo, blanquismo y comunismo idealista.

      3.2.- SEGUNDA OLEADA: 1865-1914

      La segunda oleada comenzó en la mitad de la década de los sesenta del siglo XIX, pegó un salto con la Comuna de París de 1871, en la agudización obrera en Gran Bretaña inmediatamente después y se mantuvo con altibajos dentro de una apreciable tendencia ascendente en autoorganización sindical y política, sobre todo en Alemania y otros países de la segunda industrialización. Sufrió represiones intensas, como la de la socialdemocracia alemana a finales del XIX, derrotas obreras muy fuertes como la de los mecánicos británicos en 1897-98; se extendió con tremenda fuerza a EEUU y, con todos sus vaivenes, fue creciendo a comienzos del siglo XX hasta desaparecer bruscamente con el estallido de la primera guerra mundial, la de 1914.

      Uno de los problemas más serios que tuvieron que resolver las clases trabajadoras en estos años fue el de adaptar sus sindicatos a la introducción por parte de la patronal de las primeras experiencias tayloristas, que en Europa también se desarrollaron con otros nombres respondiendo a la misma lógica capitalista de intensificar la explotación y el controlar cada segundo del tiempo de trabajo. También debieron hacer frente al surgimiento del racismo contra los trabajadores inmigrantes como irlandeses en Gran Bretaña, polacos y eslavos en Alemania, meridionales italianos en el norte de Italia. Debieron adaptar también las organizaciones políticas a la lucha institucional y electoral, y los sindicatos a la creciente interrelación de las economías locales acelerada por el imperialismo. Discutieron sobre la valía de los métodos insurreccionales antiguos, pensados para el medio urbano preindustrial, y los adaptaron a las nuevas geografías urbanas diseñadas para abortar la insurrección obrera y popular, siguiendo el ejemplo de París. Se plantearon las relaciones con los primeros movimientos sociales surgidos para responder a las nuevas opresiones y explotaciones capitalistas. Debatieron sobre la opresión nacional, el militarismo capitalista y la insurrección pacífica europea, la lucha armada, el feminismo, la cultura y la educación, la sexualidad, etc.

      Estas reflexiones, más creativas de lo que creemos, se expresaron en la extinción del socialismo utópico, en el estancamiento del anarquismo, en la fuerza relativa del sindicalismo revolucionario y, sobre todo, en el tránsito cualitativo del comunismo idealista al comunismo marxista y a sus diferentes versiones.

      3.3.- TERCERA OLEADA: 1917-1939

      La tercera irrumpe definitivamente en 1917 con la Revolución de Octubre, se extiende como una marea roja por Alemania, Finlandia, Hungría, Italia, Euskal Herria, Irlanda, Estados español y francés... y algo menos comparativamente a los anteriores pero mucho más de lo aceptado por la historiografía burguesa en Gran Bretaña y EEUU. Esta fase pasa por diversas subfases, valles y crestas en la oleada, sufriendo derrotas aplastantes causadas por los propios errores del movimiento obrero y popular, como por el salvajismo del Capital que no duda en recurrir al nazi-fascismo, al militarismo de ultraderecha y a las mafias criminales para derrotar el Trabajo. Esta oleada acaba con el estallido de la segunda guerra mundial, la de 1939.

      Los problemas que deben resolver los trabajadores en este período vienen heredados del anterior, pero aparecen otros nuevos que corresponden a la importancia decisiva que ahora adquiere la conciencia y organización política revolucionaria. La impresionante violencia de esta fase se explica por el altísimo grado de antagonismo irreconciliable alcanzado entre el Capital y el Trabajo. La razón es muy simple: la clase que vive del trabajo asalariado niega el derecho a la propiedad privada de los medios de producción de la minoritaria clase que vive del beneficio que extrae de la explotación del trabajo asalariado. En esta fase no se discute apenas la centralidad del Trabajo porque se lucha por la supresión del salariado, que es lo decisivo en última instancia. Ello explica, insistimos, la ferocidad inhumana del Capital en defensa de su propiedad, y el hecho de que las burguesías e Iglesias cristianas sintieran tantas simpatías por Hitler. Fueron los errores de precipitación del imperialismo alemán los que obligaron a los imperialismos francés, inglés y yanki a salir en defensa de una democracia burguesa que ya no necesitaban y, comiéndose las tripas, en defensa de una URSS que aparecía como el monstruo diabólico, el anticristo que devoraba la sacrosanta propiedad privada.

      3.4.- CUARTA OLEADA: 1945-1990.

      El cuarto período se inicia en 1945, sufre un inmediato parón brusco por las órdenes desmovilizadoras provinientes de Moscú y de la Internacional Socialista, se reactiva a finales de los cincuenta y llega a su esplendor a mediados de los setenta, iniciando entonces una caída que, con ritmos diferentes, concluirá a finales de los ochenta del siglo XX. Aunque se presenta al Mayo'68 como la síntesis de este período, en realidad esa interpretación busca trasladar el mérito de las conquistas obreras y populares del Trabajo a los estudiantes, es decir, la oficina de prensa y propaganda del Capital inició bien pronto un sistemático esfuerzo por anular los méritos del Trabajo y sobrevalorar los del estudiantado y en menor medida de los nuevos movimientos sociales.

      Uno de los problemas más serios que tuvieron que superar los trabajadores al inicio de este período fue el de recuperar su centralidad y cohesión muy debilitadas por la guerra, las grandes migraciones de masas y el exterminio de miles de sindicalistas y militantes revolucionarios. Después, desde sus bases y con el muy débil apoyo de grupos revolucionarios excomulgados y hasta perseguidos por el stalinismo, y moviéndose hábil pero empíricamente por entre las atrayentes trampas negociadoras, fue arrancando concesiones y logrando conquistas sociales. También tuvo que responder al surgimiento efectivo de nuevas problemáticas y demandas, de nuevos sujetos de acción originados por la complejización del modelo de acumulación y explotación keynesiano y taylor-fosdista. Pero en muchos países las medidas represivas, incluídas las dictaduras, le obligaron a reactivar tradicionales métodos autoorganizativos, o a inventar otros.

      Algunos defendieron la tesis del "aburguesamiento" definitivo del movimiento obrero, corrompido por el consumismo generalizado desde mediados los cincuenta, ahora, con perspectiva histórica, se comprenden mejor las tesis contrarias que insistían en la complejidad del asunto, en lo equivocado que era ese reduccionismo analítico, y en la existencia de una fuerza obrera latente que luchó cuando el Capital quiso anular las conquistas del Trabajo. Esta aclaración es importante para comprender por qué, cómo y para qué desde mediados de los setenta la burguesía como clase mundial jerarquizada piramidalmente bajo una potencia hegemónica -EEUU- e internamente guiada por grupos de poder material e intelectual casi siempre desconocidos para la gran masa alienada, inició una contraofensiva estratégica que se ampliaría y endurecería con el tiempo.

      Justo cuando en muchos Estados europeos capitalistas se vivían agudas luchas de clases; cuando en los mismos EEUU y Japón se agudizaban los descontentos, las huelgas y las movilizaciones sociales; cuando en estos países occidentales y orientales decisivos existían significativas luchas armadas revolucionarias; cuando la caída de la tasa de beneficio era imparable a escala mundial; cuando las luchas de liberación nacional en el tercer mundo avanzaban con más victorias que derrotas; cuando todavía los signos de crisis y descomposición interna del llamado "socialismo realmente existente", no se habían manifestado abierta e ineluctablemente como ocurriría una década después; cuando las primeras advertencias científico-críticas de la proximidad de la catástrofe ecológica empezaban a concienciar a la gente, justo entonces, la burguesía mundial lanzó su contraofensiva estratégica. ¿Casualidad? ¿Coincidencia? En absoluto. Urgente necesidad de detener la crisis global del capitalismo y acelerar al tránsito a otra fase histórica de este modo de producción.

      4. LA MODERNA FEROCIDAD BURGUESA.

      Índice ¿En Euskal Herria se prepara una revolución? a la página principal